6.16.2008

Atardeceres

Era tan bello ver atardecer entre las hojas de los álamos, que custodiaban el camino como guardianes silenciosos de su intimidad, contemplar la luz anaranjada colándose entre las ramas, haciendo surgir dibujos caprichosos sobre las piedras del sendero, que no perdía ni uno solo de esos ocasos de verano, sentada en el porche de su casita blanca, mientras saboreaba el café helado que tanto le gustaba.

En aquel porche habían transcurrido todos los años de su vida. Todos sus recuerdos estaban ligados a aquella casa, pequeña y blanca, tan antigua que nadie recordaba desde cuando vivía allí su familia. Y ahora ella era la señora de la casa. Ella quien se ocupaba de mantener la casa limpia y ordenada, el huerto atendido y bien regado para que los árboles frutales, las tomateras, los bancales de judías, las cebollas y ajos, las zanahorias… y todo lo que en él plantaba, dieran sus frutos jugosos y sabrosos. Ella quien se ocupaba de atender a los animales y criarlos gordos y hermosos y de hacer deliciosas conservas y salazones.

Cada tarde esperaba, ilusionada e impaciente, que él llegase, verlo aparecer en el sendero pedregoso, con su caminar elástico y su silueta delgada, con su mano derecha en el bolsillo del pantalón y un cigarrillo entre los dedos de su mano izquierda. El corazón le brincaba alborozado, la sonrisa le asomaba a los labios, y los ojos le brillaban de puro amor. Terry y Corona corrían a su encuentro ladrando de excitación y se enredaban entre sus piernas mientras él les rascaba sus cabezotas y se reía a carcajadas.

Era tan sonora su risa!!. Y luego se acercaba a ella sonriendo y la tomaba del talle atrayéndola hacia él, la besaba en la boca larga y cálidamente y después volvía a estrecharla contra su pecho. Después se sentaba a su lado, sin dejar de abrazarla y se quedaban en silencio hasta que las sombras se apoderaban de las copas de los frondosos álamos.

Estos momentos eran los más esperados y deseados del día, sus brazos poderosos, su boca caliente, su risa franca y contagiosa.

Fue igualmente bello aquel atardecer en que ella noto su beso un poco menos cálido, “quizás ya esté refrescando, es Septiembre”, pensó y siguió disfrutando de su abrazo protector.

También era hermoso aquel otro, cuando noto su abrazo un poco menos fuerte y un poco más breve, “viene cansado” se dijo y le beso de nuevo.

Y era muy bello aquel otro, cuando, al estrecharla, vio en el cuello de su camisa aquella marca roja, de carmín. Entonces no pudo seguir fingiendo que no era nada. No pudo seguir diciéndose que el tiempo estaba más fresco o que él estaría cansado.

Ahora contemplaba los atardeceres desde su porche, disfrutando de aquel juego de luces y sombras, pero ya no esperaba verle aparecer en el recodo del camino, con su andar cadencioso y su cigarrillo encendido. Los perros permanecían a su lado dormitando, ajenos a la belleza que ella atesoraba en su retina.

Y él permanecía, ya para siempre, bajo el primer álamo, el más cercano a la casa, donde ella había plantado un rosal en su honor.

A veces se preguntaba si lo habría entendido, si sabría que lo había hecho por él, para que se quedara para siempre disfrutando de aquellos hermosos atardeceres, de sombras caprichosas y luces anaranjadas, filtrándose entre las hojas.


2 comentarios:

Dante dijo...

Apaaa. Para tener en cuenta. Revisar bien los cuellos de las camisas y no cambiar la intensidad de los besos, caso contrario, se corre el riesgo de terminar al pie de un álamo, pero viendole desde sus raíces. Jaj. Aleccionador relato. Muy bueno. Un beso.

fonsilleda dijo...

A pesar de la tragedia, disfruto cuando una mujer consigue vengarse de un desamor no compartido, de un abandono que no lo es porque sigue atando, de una traición...
Biquiños