10.07.2008

Lluvia para Nasif


“La lluvia en Líbano es un regalo de Dios”, eso decía el padre de Nasif a sus pequeños, cuando salían a pasear en los días de lluvia, a empaparse de aquella bendición, del líquido germinador de vida, tan escaso en su tierra del este.

Y los niños corrían, abriendo la boca de cara al cielo, bebiendo las gotas cristalinas y dejando correr el agua por entre sus cabellos, por sus caritas sonrientes, por entre la ropa y la piel. Descalzos chapoteaban en todos los charcos, abriendo los brazos, como queriendo acaparar aquella maravilla para hacerla más duradera, para que a ellos también les hiciera crecer, como al limonero del pequeño huerto de su tío Alí, como a los tomates, las berenjenas y los garbanzos que plantaba su madre en el patio de detrás de su casa, igual que al trigo de los campos de su pueblo y a los altos cedros de los bosques cercanos.

Nasif, aún siendo el mayor de sus siete hermanos, no recordaba que nunca hubiera sido hijo único, su madre traía al mundo un nuevo hermanito cada catorce o quince meses y en la pequeña casa de adobe había una gran fiesta para el bautizo, pues eran cristianos devotos y cumplidores de la Ley de Dios.

Venían los parientes de toda su aldea y los de las aldeas de alrededor para felicitar al orgulloso padre y traer algún regalo a la agotada madre. Regalos humildes, una toalla para el bebé, un cepillito para el delicado pelo, una botella de vino para el padre, dulces para ayudar a la madre a reponerse… cualquier cosa, por nimia que fuera, era agradecida como un tesoro por los felices padres, que obsequiaban a sus familiares con los alimentos sencillos de su huerto y lo poco que podían comprar con el dinero que durante los nueve meses de gestación habían conseguido ahorrar para el feliz acontecimiento.

No faltaban en la mesa manjares como el mezze, tabboulí, hummus y, como no, el kibbeh, todo ello regado con arack, que templaba los ánimos de los mayores, haciéndoles cantar y bailar durante horas, para regocijo de los pequeños.

Y cada año, en la época de lluvia, un chiquillo más salía a pasear bajo la lluvia, a disfrutar de la frescura y la suavidad de las gotas en su piel, a saltar en los charcos salpicando de vida todo alrededor.

Cuando Nasif llegó a Madrid, aún era un ser exótico entre los habitantes de la gran cuidad, no se veían muchas personas con rasgos árabes y ojos azulísimos. Aquí consiguió lo que había venido a buscar, un negocio propio, una economía desahogada, en definitiva, prosperidad…

Pero cuando llovía en Madrid, salía a pasear bajo la lluvia, tratando así de atenuar la nostalgia de su tierra y de la compañía de sus padres y sus hermanos. Nada importaba que a los viandantes, que apresuraban el paso para resguardarse de la lluvia, les extrañara tanto ver a un hombre, vestido con traje y corbata, sin zapatos ni calcetines, chapoteando en los charcos, levantando la boca abierta al cielo y bebiendo de la lluvia con gesto de felicidad.

Imagen de Chris Perkins

3 comentarios:

Dante dijo...

Seguramente muchos jamás entiendan lo que esa lluvia representaba para Nasif, ni los recuerdos que le traía de su tierra. Excelente entrada para recordarlo. Siempre es un gusto leerte. Un beso.

fonsilleda dijo...

Es un placer pasar por este andén, ya lo sabes, aún para mí no muy amante de grandes ciudades para la vida cotidiana.
En cuanto a Nasif, lo entiendo perfectamente porque aunque soy de país de lluvias bien frecuentes, cuando estas se retrasan mi yo las pide.
Es una preciosa historia estupendamente puesta en escena por tus manos. Bonita y tierna y me recuerda, además, a los emigrantes nuestros que habrán tenido, como Nasif, alguna carencia, seguro.
Es un bien muy valioso el agua y lo derrochamos.

Altea Gálvez dijo...

Preciosos NInalla, muy bonito el cuento, y sobre todo el simbolismo que la lluvia tiene para ese hombre. Es estupendo ver cómo el corazón no olvida.

Me ha encantado estar aquí. Volveré. Y te adjunto al mío.
Por cierto, ya puese la segunda parte de la historia de la chica de Londres...para ti.

un besote