10.13.2008

La mujer de mi vida

Caminaba hacia la entrada del jardín pensando en el momento en que ella apareciera frente a mí aquella tarde. Mi nerviosismo iba en aumento según me acercaba, temía y ansiaba verla aparecer y dirigirse hacia nosotros con aquella sonrisa que iluminaba su rostro como un farol, siempre se mostraba tan amable, siempre tan atenta y servicial… pero yo soñaba con algo más, quería hablar con ella de su vida, de la mía, de cualquier cosa que no fuera referente a aquella residencia, fuera de la cual no había tenido aún ocasión de verla.

Mientras cruzaba el jardincillo que conducía a la escalinata de la entrada principal, repasaba la estrategia que había desarrollado durante los días anteriores; sacaría un tema que a ella pudiera interesarle, cine, teatro, conciertos, exposiciones… o, quizás, otro tipo de aficiones, yo estaba dispuesto a sumarme a lo que a ella pudiera gustarle, podría seguirla al fin del mundo y la invitaría a ir adonde ella quisiera. Estaba convencido, Lorena era la mujer de mi vida.

Crucé la puerta, altísima, de madera oscura y cristales biselados, grabados con dibujos de flores y hojas entrelazadas, que daba paso al amplio recibidor donde cómodos sillones, tapizados en rojo granate y alfombras de arabescos, sugerían un cierto lujo oriental. En sus paredes, de color blanco sonrosado, combinado con molduras de madera torneada, colgaban varios cuadros escogidos con buen gusto y en el mostrador, alto de madera lustrosa, varios jarrones lucían hermosos ramos de flores. La recepcionista, de mediana edad, elegante y cuidada prodigaba su sonrisa sin excesos y el visitante podía pensar, al traspasar aquellas puertas, que se trataba de un hotel de lujo.

Saludé a la bonita recepcionista y me dirigí al ascensor, sintiendo bajo mis pies la mullida alfombra, con el corazón al galope. Al abandonar el ascensor el cambio en la decoración seguía siendo confortable, pero funcional, más parecido a una clínica privada, con paredes lisas, pintadas de un suavísimo verde claro y friso de baldosines a media altura delimitado por barras metálicas, que tenían como fin servir como agarradera para los ancianos residentes. Me dirigí a la habitación de la tía Rita, ella ya estaba aseada y sentada en su sillón, mirando por la ventana hacia el jardín. Me dedico una gran sonrisa ofreciéndome la mejilla, donde deposité un sonoro beso.

- ¡Vamos tía Rita, a pasear!.


Hacía ya más de seis meses que había ido la primera vez a visitar a la tía Rita y fue por pura casualidad. Aquel viernes había quedado para comer con Rogelio, un compañero de trabajo con el que me unía una sincera amistad. Durante la comida hablamos de una película que se estrenaba ese mismo día y para la que él había obtenido dos entradas gratis en un concurso radiofónico y, puesto que el género era del interés de los dos y a su mujer no le gustaba, me propuso acompañarle, a lo que yo había accedido, agradecido de poder ocupar mi tarde de viernes. Rogelio tenía que visitar a su tía en la residencia y me pidió que fuese con él, así haríamos tiempo hasta la hora del comienzo de la película, yo, sin nada mejor que hacer, fui con él a aquella visita y me enamoré como un colegial de la auxiliar que atendía a la tía Rita.

Él visitaba a su tía una vez al mes, pues era el único sobrino que vivía en la misma ciudad y ella, soltera, no tenía a nadie más. Al presentarme, la anciana me confundió con otro de sus sobrinos, que tenía mi mismo nombre, al que no veía desde la infancia y todo el personal de la residencia creyó que yo era también sobrino de la tía Rita. Rogelio, divertido con la confusión, no quiso sacarlos de su error.

Paseábamos por el hermoso jardín de la residencia, con la tía Rita entre los dos, colgada de nuestros brazos, cuando apareció aquel ángel. Lorena, la auxiliar que se ocupaba de atender a la tía Rita, era la mujer más bonita que había visto en mucho tiempo. Sus ojos negros sonreían con independencia de su boca y cuando su boca se sumaba a la sonrisa, era una explosión de luz, su voz, de acento suave, sus mejillas tersas, sus pómulos altos, muy bronceados y el pelo liso, negro y lustroso, tenían la belleza antigua de su raza americana. Mirándola y escuchándola, me sentí pleno, reconfortado en mi soledad.

A partir de aquella tarde, pasé a ser el sobrino favorito de la tía Rita. Yo la visitaba tres veces por semana, lunes, miércoles y viernes, con el beneplácito de mi amigo Rogelio, que sabía que si lo hacía era por ver a Lorena, la enfermera que me tenía enamorado como nunca antes lo había estado. Rogelio no podía visitarla tan a menudo, daba clases particulares por las tardes y tenía un trabajo de fin de semana, que complementaba nuestro modesto sueldo de profesores, pues él tenía dos niños que alimentar, vestir y educar, por lo que agradecía mis visitas a nuestra “tía”.

Cada tarde de visita me encontraba con Lorena, en el jardín, en el salón de visitas, o en cualquier otro lugar de la residencia. Es decir… yo me hacía el encontradizo y ella, siempre amable y encantadora, charlaba un rato con nosotros, pero nunca me había atrevido a ir más allá de temas como la salud de la tía Rita, el tiempo, o cualquier otro comentario insustancial. Sabíamos poco el uno del otro. Yo sabía que ella era ecuatoriana, que llevaba en España cinco años, que había tenido que luchar mucho para conseguir ese puesto en la residencia y poco más. Ella sabía que yo era profesor de química en un instituto de barrio obrero, que vivía solo y supongo que había ya deducido que soy tímido y reservado.

Durante mis visitas la tía Rita charlaba sin parar, estaba encantada de mi asiduidad. No siempre lo que decía tenía sentido, casi siempre mezclaba pasado con presente y le costaba centrarse en algo concreto. Yo intentaba que recordara cosas simples como qué había comido ese día, en que fecha cumplía años, como se llamaban sus padres… pero me encantaba que me contara historias del pasado, de su niñez, de su adolescencia y juventud o de su vida en activo, cuando era maestra en una escuelita de primaria. Ella enlazaba una anécdota con otra y las contaba con tal gracia, que pasaba la tarde muy deprisa.

Esa tarde iba dispuesto a hablar con Lorena de mi amor, de mi adoración por ella, me arriesgaría a todo… a que me dijera que tenía novio, a que rehusara mi devoción y no quisiera hablarme más, cualquier cosa antes que seguir dejando pasar el tiempo sin más.

Bajé con la tía Rita al jardín, sentados en el banco habitual esperé, con la cháchara de la anciana de fondo, sumido en mis pensamientos, pero ella no llegaba. Fuimos a la sala de visitas y tampoco allí la encontré. Subí y baje por toda la residencia, con la tía rita colgada de mi brazo y hablando sin parar, pero mi búsqueda fue inútil, Lorena no aparecía por ningún lado.

Cuando, ya desesperado, pregunte a una de sus compañeras, me dio la noticia que menos hubiera querido escuchar; Lorena se había marchado, había regresado a su país.

La auxiliar, habladora y sonriente, me dio todo tipo de detalles. Lorena tenía dos hijos en Ecuador, su marido había enfermado, no podía atenderlos y ella se había visto obligada a regresar. Mientras escuchaba a la mujer, mi corazón dejaba de latir, mis oídos se negaban a escuchar, mi boca se secaba hasta hacer dolorosa la respiración, mi cerebro se embotaba y solo podía pensar: “Se ha ido, se ha ido…”.

Aquella tarde salí de la residencia con el firme propósito de no volver, sería demasiado doloroso recorrer el jardín, los pasillos, la sala de visitas o cualquier otro lugar donde la hubiera visto, con el dolor y la certeza de no encontrarla más.

El siguiente día de visita era lunes. No tenía intención de ir a la residencia, pero mis pasos me guiaron hasta allí sin apenas darme cuenta. Ella me recibió con su gran sonrisa, ofreció la mejilla a su sobrino favorito y yo besé a la tía Rita como a mi auténtica tía. Y esa tarde, mientras paseaba por el jardín, con la tía Rita colgada de mi brazo, hablando sin parar, me di cuenta de lo mucho que nos necesitábamos el uno al otro.

Con el tiempo Lorena se ha convertido en un agradable y lejano recuerdo, que aún provoca un suave dolor de añoranza en mí, pero he llegado a comprender que la tía Rita es, realmente, la mujer de mi vida.

Fotografia de: Incorporeas

3 comentarios:

Gudea dijo...

Bellisima historia de amor y desencuentro y a la vez encuentro de un amor distinto. Las descripciones me parecen buenísimas. Un relato propio de ti y de lo que de ti esperamos. No pares de regalarnos con cosas como esta.
Un beso.

Dante dijo...

Inmejorable historia, corazón. Lorena srá reemplazada en breve en el corazón del protagonista, pero la tía Rita, dificilmente. Excelente. Como todos tus relatos. Un beso.

fonsilleda dijo...

Como ya te comenté el texto en otro lugar, simplemente apoyo la mención de tu Gudea.
Bicos meigos.