7.05.2009

OJOS VERDES COMO MARES


La primera vez que Teresa vio el mar fue en la iglesia de su pueblo, al mirar los ojos de Inés y, como estaba en la iglesia, creyó haber visto a un ángel.

Fue en la boda de su prima Rita, cuando, durante la misa, el cura dijo “ Daos la Paz”, Teresa se volvió a su derecha y se encontró con los ojos más bonitos que había visto jamás, los ojos de Inés, verdes como mares.

Eso pensó Teresa automáticamente, “Verdes como mares”, como el mar que no había visto nunca, ese mar que conocía de las películas y de las fotos de las revistas y los libros. Se miraron y el rubor asomó a sus caritas maquilladas para la ocasión, se dieron “La Paz” con apenas un roce de mejillas y bajaron las miradas, azoradas, aunque, de vez en cuando, se miraban de reojo y el calor volvía a sus mejillas.

Se la presentó su tía, eran primas lejanas, y se saludaron cohibidas, sin saber por qué. Después el novio de Teresa vino junto a ella y se la llevó a bailar. Pero Teresa no podía apartar los ojos de Inés, buscaba aquel vestido verde y, cuando aparecía envolviendo a su dueña, Teresa miraba a otro lado, avergonzada de mirar así a una chica. Al parecer, Inés también la perseguía, buscándola con sus ojos verdes. Desde ese día Teresa empezó a desear ahogarse en esos mares.

Se hicieron pronto amigas, Inés vivía en el otro extremo del pueblo, pero se las arreglaban para verse a diario. Quedaban para ir a la compra, para tomar café, para cualquier cosa que les permitiera estar juntas. No había nadie con quien desearan más estar, ni a quien desearan más ver.

Cuando se besaron por primera vez, Teresa supo que había llegado su verdadero amor, que sus novios anteriores solo lo habían sido por convencionalismo. Dejó a su novio “de toda la vida” y nadie, encontró explicación para ello.

Cuando se besaron la segunda vez, Inés dejó de creer que aquello solo era una gran amistad entre dos chicas, que esas cosas no le pasarían a ella. Nunca se había sentido demasiado atraída por ningún chico, aunque la belleza de sus ojos, su cuerpo bien proporcionado y su rostro perfecto, los atraía como moscas a la miel. Y se entregó a aquel amor, sin reservas, con el ímpetu del mar.

Vivian su amor a escondidas. En su pueblo pequeño, y en aquellos tiempos, no se entendía esas cosas. ¡! Dos mujeres juntas ¡!, “Pan con pan”, se decía y cosas mucho menos amables, tortilleras, marimachos, guarras, viciosas… Y todo eso y más, se dijo de Teresa e Inés cuando las sorprendió la vecina más cotilla del pueblo, besándose en las sombras del portal de Inés.

El escándalo se extendió por todo el pueblo. Los padres de ambas tomaron las medidas que creyeron más adecuadas para acabar con aquella aberración. Las encerraron, las golpearon y las castigaron de muchas formas. Pero eso no podía durar eternamente, así lo pensó Teresa y así fue.

El confinamiento duró varias semanas. El tiempo necesario para que el escándalo se olvidara un poco y, quizás, para que las chicas recapacitasen y se les olvidara aquella tontería de niñas. Eso pensaron sus padres, pero era como querer poner diques al mar.

Y volvieron a verse una mañana de final de septiembre. Teresa estaba en una tienda comprando hilos para bordar, cuando entró Inés, se miraron un momento y, al ver aquellos dos mares a punto de derramarse y los moratones, unos casi borrados, otros recientes, en la carita tan amada, Teresa tomó una decisión.

Cuando Inés salió de la tienda, allí estaba Teresa, esperándola en la acera, se acerco a ella y le dijo: “Yo me voy mañana en el primer autobús, si estás allí seré muy feliz”, se volvió y se marchó sin más palabras.

Teresa pasó la noche sin dormir. Escribió una larga carta a sus padres, donde trataba de explicar lo inexplicable y metió en una maleta lo imprescindible para comenzar una nueva vida, lejos, en el anonimato de la gran ciudad. Una vida que se proponía afrontar, con Inés, o sin ella.

Salió de aquella casa, que al cruzar el umbral dejo de ser la suya para siempre, de madrugada, antes de que se despertara nadie de su familia. Con sus pocas pertenencias bien ordenadas en su pequeña maleta y el corazón encogido, casi paralizado en el pecho, ante la incertidumbre que representaba su futuro.

Pero al llegar a la parada del autobús todas sus dudas desaparecieron, allí estaba Inés, con su maletita, su vestido verde de las fiestas y su rebequita blanca. Se había vestido y maquillado como la primera vez que se vieron, en la boda de su prima y en sus ojos de mar brillaban miles de estrellas.

Fefi B. Marzo, 2008

1 comentario:

Manuel Montesinos dijo...

Me ha encantado releer este estupendo trabajo tuyo. Qué bien narras amiga mía. El encuentro en misa, magistral.
Un beso.